jueves, 21 de mayo de 2009

MILER LAGOS




Si en lugar de nacer en Bogotá en 1973, Miler Lagos hubiera nacido en el siglo IV aC, habría sido un apasionado participante de las disputas sobre la relación entre apariencia y realidad. Ante el desdeñoso argumento del filósofo griego Platón de que el arte es sólo la copia de una copia, habría defendido a morir el placer de esa imitación. Aunque es posible que en la república ideal del filósofo, que desconfiaba de poetas y artistas, los engañosos objetos de Miler estuvieran entre las obras condenadas a ser destruidas por traicionar la verdad.
Con seguridad se habría defendido explicando que justamente cada pieza suya muestra la facilidad con la que las formas nos hacen tomar gato por liebre. Y sus palabras habrían sido las mismas que usa hoy para hablar de su obra: “Casi siempre –asegura– cuestiono la construcción de realidad que hacemos a partir de la apariencia y de la forma de las cosas y que nos lleva a pasar por alto la constatación de la materialidad del objeto. Tenemos un conocimiento que nos dice que una columna es sólida, maciza, fría, resistente, o que una silla se hace a la altura de las piernas para reposar. No nos preocupa siquiera constatar si las sillas que vemos pueden soportar nuestro peso”.

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